De la sierie de cuentos futboleros de Edmundo Santamaría Gómez

Mis amigos y yo, hace unos cuarenta y cinco años conocimos a una buena persona, que gracias a Dios, sigue siendo nuestro cuate.

Deportivo Miguel Alemán, Lindavista. Los domingos, ahí era el cielo.

Eran canchas de fútbol que les rodeaba una alambrada ya vencida en ciertas partes, y hecha sobre un pequeño muro de piedra que era lo mismo tribuna y banca para los jugadores; ahí llegaban a sentarse también amigos y familiares, ¡porristas!


Ahí besé el cielo, ¡verdad de Dios que sí! Ahí sentí la gloria. En ese lugar aprendí de la pasión, de la entrega y la competencia leal, limpia, ¡derecha!


¿Cuántos vivos podemos presumir de haber pisado el cielo sin estar muertos? ¡Yo sí! Yo soy uno, yo lo pisé y caminé en él. No estaba hecho de nubes. Era de tierra e incluso a veces lodo. En ese cielo no usé túnica blanca ni tuve aureola pero si porté una casaca con el número nueve, diseñada con rayas verdes y cuello en V, que se amarraba con agujeta.
En ese cielo no se traían alas en la espalda pero ¡números sí!
No había milagros, sino jugadas.


Tampoco arpas ni sandalias, ¡mejor balones y zapatos con tachones!
Nada de arcángeles y serafines pero sí el Filiberto, el Chato, el Lupe, el Pollo, el Memo y el Javier junto con nosotros. Futbolistas todos.


Siempre Dios cuidándonos y ahí junto con Él, un señorón que nos motivó desgarrando su garganta con gritos para guiarnos.


Él nos enseñó lo que es jugar limpia y responsablemente, ¡él nos hizo sentir lo bonito, rete bonito de ese deporte!
A su lado aprendimos a correr con el balón, a detenerlo, a pasarlo cargado de veneno sano, travieso, intencionado y con ganas de llegar a las redes para convertirse en gol.


A mí y a otros nos regaló horas, gusto, pasión, disciplina, entrega y ¡cómo negarlo! Contribuyó en mucho para hacernos buenos hombres.


Nos obsequió su ejemplo, al dar, al compartirnos cuando pagó canchas, arbitrajes, uniformes, refrescos, y a algunos hasta pasajes. Lo hizo aún sin ser rico. Repartió entre su familia y pupilos las ganancias de vender masa y tortillas. Nos dio en abundancia los frutos de un corazón enorme.


Cómo no recordar con una sonrisa cuando gritaba al ver caer sin fuerza a sus jugadores: «te caes de maduro», con esa voz peculiar como de pujido. Siempre es rico recordar cómo decía al ver a sus muchachos flacos correr por la cancha: «¿quién me trajo a ese chichicuilotito?» O lo delicioso que fue ver cómo, desesperado por la mala técnica de sus niños al querer detener un balón que llegaba de los aires, él hacía todo el movimiento aleccionador. Actuaba, enseñaba con mímica enérgica y gritaba: «¡mátala hiiiiiiijo!» Así, alargando una vocal y, al mismo tiempo que daba un chanclazo al piso, como matando con odio una cucaracha.


¡Ay chingao, qué lindos recuerdos!
Gracias Dios, gracias por haber creado ese equipo. El León, pero, el León de Lindavista, ¡el de don Lupe!

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