Cuentos cortos fútbolero de Edmundo Santamaría

Yo creo, que aquí en esta tierra, tiene sus ventajas tener piel blanca y cabello amarillo.

No me digas que no has notado que sí hay preferencia por ese tipo de gente, ¿apoco no?, ¿no es cierto que incluso en el mercado te llaman así aunque tu color sea oscuro? La intención es hacerte un halago. ¿No es cierto que para iniciar a hablar de la belleza de alguien, lo primero que se menciona es que es güera o güero? –es güerito. Así en diminutivo, con cariño. O para decirte que es feo – ¡Es prietote! O es posible que digan prietito, pero no es con cariño, es con lástima.

Dicho por iguales… es lo peor.
Sí, mucha gente ve superior la güerez. 

Y créanme, no les miento. Lo que voy a contarles no es falso, es real.

Cuando el mayor de mis hijos tenía entre diez y doce años, fue invitado a jugar con uno de los equipos de fútbol que representaba a la escuela, era una secundaria del barrio de Coyoacán, La Fundación Mier y Pesado.

Había un maestro de deportes, y uno, no era suficiente para encargarse de supervisar el desempeño de cada una de las escuadras del colegio; entonces nos invitaron a los papás a participar y dirigirles.

Me convertí en director técnico de la noche a la mañana. Puse mucho empeño en los entrenamientos, y me entusiasmé bastante cuando descubrí que los chamacos jugaban bien, corrían bien con el balón, y lo golpeaban sabroso. Eran escuincles de barrio, entrones, bravos y pícaros.

Los partidos eran los sábados y ganaban casi siempre, salvo algunos empates. Un día les tocó perder, ¡y de qué forma! ¡Les dieron la patiza de su vida con catorce goles contra cero! Así nomás, ca-tor-ce con-tra ce-ro.

Al final, mientras todos estaban cabizbajos quitándose los tacos, la playera, el pantaloncillo y calcetas, yo, les hablaba con la intención de animarles y corregir los errores. 

–¿Qué pasó chavos, cómo qué catorce goles? Tenemos que entrenar mej… ¡pácatelas!, me interrumpe uno de los chavitos: –Ellos tienen entrenador de verdad, no uno de nuestros papás.

¡Y jijo, eso sí calienta, eso sí me llegó profundo! La mera neta que me dieron ganas de acusarlo con su papá porque me pareció grosero y mal agradecido conmigo. Estaba yo a punto de hacerlo cuando otro de los jugadores del equipo se suma a la queja y me deja en jaque,  me clava un puñal y me mata múltiples veces luego de que nos compartió su razón por la que él suponía que habíamos sido derrotados.

–¡Pos es que son güeros!

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