De la sierie, Cuentos Futboleros de Edmundo Santamaría Gómez

Después de un partido de futbol acá en los campos de Xochimilco, donde suceden muchas cosas raras al margen del deporte, siempre caen muy bien unas quesadillas y unas cheves. Además es bonita la costumbre de analizar el juego, discutirlo entre todos, hacernos bromas, y escuchar la charla culta de Juan Castro; un viejo educado entre sacerdotes, y que trabaja escribiendo para un periódico. Sus textos son de crítica literaria, casi siempre con censura moralista. Su sobrenombre es Botero. Pero él cree que le decimos Gotero, y ríe: ¿Por qué me apodan así?

No sé, responde cualquiera.

Maloras, en el equipo no existe ningún José. Ese Juan nunca entiende, siempre se confunde.

Un domingo, mientras todos los cincuentones calentábamos previo al partido, un compa del equipo nos contó sobre su noche de 25 aniversario de casado. Entonces el Garra, otro camarada del grupo, dando réplica a la charla, nos presumió fantasiosamente su vida sexual y amorosa: Tengo mi amada bolita. Nos dijo, y acarició el balón. Luego se acercó más para murmurarnos dos o tres detalles de ella. Obviamente se divertía con nosotros, dijo locura y media; luego remató en voz alta: Antes yo era de puras chaquetas, pero ahora… ya lo saben, ahí está mi bolita. Lo llenamos de vítores y aplausos, menos Juan Castro, él lo miró molesto, con tirria, posiblemente con asco; chance y fue que se ofendió porque no le compartió a él el secreto de Bolita. ¿Qué mosca le habrá picado?, pues quién sabe, pero incluso dejó al equipo. Ni se despidió, y luego de unas semanas, se afilió a otro con puros santurrones que cargaban escapulario bajo sus casacas y tenían rezos antes y después de cada juego; ese Juan, o era un envidioso o sabía algo que nosotros no.

Cada ocho días se repetía lo mismo: juego, cheve, quesadillas, discusiones y bromas. Otro de los grupos que luego de jugar se juntaban, era el nuevo grupo de Juan Castro, pero ellos se distinguían por estar sentados ordenadamente, todos en línea, todos pulcros con uniforme planchado y de cabello muy corto, a la brush; todos de ojo saltón, miradas juzgonas; eran un grupito cerrado, hablaban en voz baja, eran intrigosos y se cuchicheaban; se sentía mala vibra junto a ellos.

Mataban con la mirada al Garra.

Dos o tres domingos después, llegó el día de enfrentarlos,era el día del juego contra los mochos.

Esa gente del Botero, eran unos malditos y el partido no duró mucho, porque desde el inicio todo fue ríspido, rudo y mal intencionado.

La marcación de los santurrones fue extraña y daban espacio para que el balón corriera hacia el Garra. Creaban huecos… ¡y caímos en la trampa!; el balón se le empezó a mandar siempre a él, al Garra, y cada que recibía la pelota, se llevaba dos, tres, cuatro y hasta cinco patadas que siempre iban acompañadas de insultos como: ¡CERDO VIOLADOR!, ¡PINCHE ABUSIVO!, ¡ENFERMO SEXUAL!, ¡MIERDA ESTUPRADOR!, ¡PUTO ASALTACUNAS!, ¡VIEJO VIRUELAS!, etc.

En fin, nos dieron duro, pero más duro al pobre Garra, que le fracturaron pierna y nariz, y se tuvo que ir en ambulancia y nosotros detrás de ella hasta el hospital, para ver en qué condiciones estaba nuestro valedor.

Mientras esperábamos el reporte médico, la charla entre nosotros, era sobre la saña con que los persignados nos jugaron. Nadie entendía la razón, pero sospechábamos de Juan Castro porque con él inició esta sensación de odio hacía nosotros.

Dejamos el hospital y nos fuimos a buscarlo a su casa para hablar del tema, y si se pudiera, renovar la amistad con ese canijo, o a ver qué pasaba.

Quihubas Juan.
¿Qué buscan?, si quieren ayuda económica para el Garra, pídanle a la liga, no a mí.

No Juan, no vinimos para éso.
¡Váyanse, no me molesten!
Mira, Juan –alcé enérgicamente la voz– siempre hemos sido buenos amigos

¿verdad? Siempre hemos tenido una buena relación, ¿no?, ¿pero luego? cambiaste, y no sabemos cuál fue la razón; nos miraste con odio y no hubo más palabras para nosotros. ¡Al buen Garra!, ya hasta le rompieron pata y nariz. Para sincerarnos contigo, te diré lo que pensamos: la mera verdad es que creemos que tronar al Garra, fue algo planeado, y chance orquestado por ti… pero digo, ya no hay remedio y lo hecho, hecho está; ya no hay pedo. Sólo que ¿no sería buena idea detener la mala onda y evitar una desgracia más gacha? Retomar la sana relación si es que se puede y estás de acuerdo… ¡claro! luego de que nos expliques cuál es tu problema con nosotros y el Garrita. Qué tal que de verdad hubiera motivos para no volver a ser cuates. Pero chance y sí hay remedio, y entonces, lueguito lueguito a vivir en paz y todo cómo si nada, ¿qué dices?

Pero Juan Castro no decía nada, sólo agachaba la cabeza y luego volteaba al cielo musitando algo. Parecía pedirle a Dios consejo o claridad, quizá valor, no lo sé, pero entendí que si queríamos que hablara, sería buena idea pedirlo a nombre del Creador. Junté las manos como en oración y dije: Juan: en el nombre de Cristo, te pido que resolvamos esto y solucionemos cualquier mala onda. Pero no, no respondía nada y seguía agachando la mirada y luego volteandola para arriba, al cielo. Entendí que era mejor irnos antes que empeorara todo y se agravaran las cosas. Nos dimos la vuelta, y a los tres o cuatro pasos nuestros, escuchamos que nos dijo algo y nos giramos para verlo y pedirle que lo repitiera: Discúlpa Juan, ¿qué dijiste?

–“Dije: que si alguien peca inadvertidamente e incurre en algo que los mandamientos del Señor prohíben, es culpable y sufrirá las consecuencias de su pecado. Y el Garra, pecó.

–¡Pero carajo, Juan!, ¿quién te crees, Dios?, ¿tú por qué castigas?

Juan agachaba la cabeza y daban ganas de reventarle la madre al maldito mocho. –¿Pues qué hizo el Garra, en qué pecó?

–Es casado con una mujer que tiene una hija, y él, a la NIÑA, la tiene de amante. ¿Les parece poco?

_¡Ay no mames!_ gritó otro de los veteranos de Xochimilco, y sin contener la rabia, se le fue encima con un certero puñetazo a la sien izquierda de Juan Castro, luego le gritaba que ya era mucho chisme y santurronadas, que era un pinche hipócrita hablador, pero Juan no se calló: –No sé el nombre de su mujer, pero el Garra es un cínico descarado y dijo tener su Lolita; está muy claro: ¡Lolita es hija de su mujer!

¡Ah cabrón!, nos dejó callados, ¿de dónde sacó éso?, nadie sabía qué decir. La sorpresa fue grande. Somos hombres mayores de 50 años y tener como amante a la niña de tu esposa está muy feo, muy culero, ¡con una NIÑA, hija de la esposa… ah canijo!… ¿con, la hija, de… la ESPOSAAA?

¡¿Qué no leen nunca?! –Nos preguntó Juan–Tontos ignorantes. Lolita, cómo la de la novela de Vladimir Nabokov, todo mundo sabe de ella. ¡Es una niña, es su amante. El Garra lo presume y ustedes lo festejan!
Cerdos pervertidos, burros inapetentes de lectura. Viven en ayuno de Dios, asnos,
ignorantes; ¡cómplices pecadores!


Y Juan se ganó otro puñetazo, ahora a la barbilla, y se fue de nalgas.
¡No mames Juan, el Garra es soltero! ¿¡Cuál hija, cuál niña!? ¡¿de quién, hija de quién; chihuahua?!
¡Te mereces más fregadazos, pinche Botero. ¿Oíste, BOTERO? ¡BO TE RO!, por
gordote, porque pareces pintura del colombiano, ¡por choncho!

Luego se llevó un patadón a la cara.

Del lado derecho de Juan Castro, salió expulsado un audífono para la sordera que fue a caer a los pies de otro camarada. Este, al ver el auricular, lo levantó, lo limpió con cuidado, casi con caricias le quitó tierra, y cariñosamente, lo colocó en el oído de donde salió.

Eres más prejuicioso que sordo, Juanito. Perdona los madriza, pero el Garra hablaba de Bolita… bolita, pelotita; ¡del balón!, no de Lolita.

El Garra dice que su amante es el futbol.

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