A sus 56 años, Enrique Gómez, guarda con entereza en su remolque una basta colección de herrajes nuevos como quien lo hace con sus zapatos en su closet, pero también de aquellos que guardan los estragos de las batallas en los concursos cuando el caballo ha dejado su esfuerzo y tallado una victoria; se hace presente en la primera edición del Festival Deportivo Ecuestre que se desarrolla en Querétaro.

Enrique se enorgullece de ser el hombre que literalmente “calza” a los caballos en los diversos concursos hípicos del país y también en el extranjero. Su experiencia adquirida en la ciudad estadounidense de Kentucky lo han colocado como pieza clave en el desempeño de los equinos. Es un apasionado del mundo de los caballos.

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Ser herrero no es cosa sencilla, porque se requiere de mucha prestancia y dedicación para conocer a cada animal y desde luego saber qué herraje colocar. 

Enrique conversó con la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (CONADE) con motivo de la primera edición del Festival Deportivo Ecuestre, de su apasionante mundo, el cual califica como única e indescriptible. Su padre lo encaminó y él, sólo se dejó llevar hasta lograr certificarse.

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No era posible que a los caballos se les pusiera las mismas herraduras, ya que cada uno tiene medidas como los zapatos y desde luego para no lastimarlos.

“Cuando encuentro la escuela en Estados Unidos donde daban este curso más científicamente, le dije a mi papá y me dio su aprobación”, dijo. 

Fue en la ciudad de Kentucky, donde la crianza, granjas y carrera de caballos, son una cultura; el queretano se sumergió en los estudios, particularmente de anatomía y biomecánica, que son bases científicas para perfeccionarse en este deporte y así conocer más a los equinos, que, para él, “son unos atletas”. 

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“El herrero en México desgraciadamente es muy empírico. No tiene las bases que se necesita para un caballo. Hay veces que tenemos un caballo de un millón de dólares y no puedes arriesgarte a hacer un mal trabajo. Esto es una ciencia que no ha cambiado, al contrario, ha evolucionado mucho”, agregó el también instructor de la Federación Ecuestre Internacional (FEI).

En 36 años de profesión, ha visto de todo. Incidentes con los equinos que han marcado su cuerpo, “me han pateado en la cabeza, en la pierna y hasta mordido, me ha tocado ver de todas las patologías, de las cuales el 85 o 90 por ciento, están en los cascos de los caballos”.

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Enrique disfruta su oficio “que ayuda a los caballos para que se desempeñen mejor. Hay que ser profesional en lo que hagas y siempre innovando, tomando cursos, uno nunca acaba de aprender, esto nunca se acaba”.

El trabajo del herraje es complejo y divertido, pero de la misma manera apasionante como el calzar a los mejores caballos de México y, en ocasiones de mundo, “entre más rudimentario sean las condiciones para trabajar, es la creatividad que tienes. Se puede aprender muchas cosas”.

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Para Enrique la mejor herencia que le pudo haber dejado su padre, fue la oportunidad de estudiar, “desde chicos nos impulsó mucho el estudio. Lo que quieren de educación en la escuela que quieran los trataré de apoyar y cuando le dije que encontré la escuela que quería, lo hizo”.

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