Del Libro «Zurdísimo» de Arturo Santamaría Gómez, un capítulo más del futbol llanero, las vivencias de alguien como tu o como yo que ama este deporte.

12 de diciembre de 1965
El partido empezó justo a las ocho de la mañana y hacía un frío decembrino del demonio. Aún con el calentamiento seguíamos medio entumidos. Don Polo, y don Nacho, quien en esa temporada era nuestro director técnico, nos advertían que en los primeros minutos evitáramos los choques y los pases largos para no provocar aceleramientos prematuros. Pases cortos y rápidos era lo que teníamos que hacer mientras entrábamos en calor.

Pero no supimos escuchar y de buenas a primeras, antes de cumplir cinco minutos de juego ya estábamos encima del
rival. Chimino tenía una zurda privilegiada y no podía evitar los trazos de treinta o cuarenta metros que nos lanzaba a los extremos. En uno de ellos, Anaya captura casi en la línea de meta un pase de casi media cancha, llega al balón con ventaja, me ve que cierro la pinza desde el flanco izquierdo y suelta un centro a media altura que me va a rebasar y la única manera de lograr el remate es intentado una lance horizontal con mi cuerpo suspendido en el aire,; lo busqué pero al mismo tiempo el cancerbero del General Motors, el equipo rival, sale en busca del balón con la pierna derecha alzada y me golpea en la rodilla cuando aun levito.

El guardameta era muy alto y fuerte para nuestra edad, no parecía tener 13 o 14 años, sino 18. Siento un dolor como nunca. En el suelo ruedo de un lado a otro y no puedo evitar que las lágrimas broten. Mis compañeros, y don Polo y Don Nacho corren alarmados hacia mí. Don Polo que tenía mucha experiencia en el trato con las lesiones me pregunta
dónde tengo el dolor; me toca, siente, y dice que no hay fractura; después dice otras cosas que no escucho bien debido al dolor.

Oigo murmullos de todos y me untan una pomada. No me puedo aun levantar. Quizá han transcurrido cinco minutos y
finalmente me ayudan a salir de la cancha. No tenemos bancas, así que me veo obligado a acostarme en la tierra. El partido continúa y la rodilla se me inflama como si fuera un mango petacón. Finaliza el encuentro con un triunfo nuestro y hay que partir. No me puede quitar el uniforme y así nos fuimos Luis, nuestro portero estrella, Miguel, mi primo, y yo que vivíamos en el mismo barrio. Ellos me ayudaron a caminar y a subirme al camión.

Llegando a la esquina de Coahuila y Tonalá en la colonia Roma, mi primo me ayuda a apearme porque cada milímetro que levantaba la pierna dolía horriblemente. El trayecto de dos cuadras largas para llegar a casa parecía interminable, pero faltaba lo más difícil: subir las escaleras a la planta alta de una construcción dúplex. Cuando lo logro, mi madre me ve y dice con énfasis pero sin drama

-¿Qué te pasó?- Pues quería meter un gol con una tijerita y el portero me pegó cuando yo estaba en el aire- Ay,
mijo, que barbaridad, así llegó una vez tu papá cuando todavía jugaba. Vamos a tu recámara para darte una sobada con Iodex y después ponerte unas cebollas cocidas sobre la inflamación.

Al otro día me despierta mi mamá y me pregunta cómo me siento- ¿Puedes caminar para irte a la escuela?- Sí, nomás
camino despacito. Y así fue, despacito caminé alrededor de doce o quince cuadras desde San Luis Potosí y Tonalá para llegar a Nuevo León y Aguascalientes, donde está asentada la Secundaria 32. Para sorpresa mía, con la caminata mi rodilla se fue haciendo más flexible, lo cual me puso muy contento porque ese día era la final del torneo de futbol de salón de segundo de secundaria, nuestro equipo era uno de los protagonistas y yo no me quería perder ese encuentro.

Ese día jugué con el pantalón largo de la escuela porque si el maestro de educación física hubiese visto mi rodilla no me deja saltar a la cancha. Le inventé que se me había olvidado el short y lo creyó. Así jugué, sólo rengueaba levemente pero podía correr y patear la pelota. La rodilla no me dolía mientras estaba en calor, pero a los minutos de terminar el juego me trituraba como si me acabaran de torturar. Pero eso era lo de menos, lo importante era jugar la final y ser campeones.

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