De la serie de cuentos futboleros de Edmundo Santamaría Gómez

El público siempre agradece cuando hay un jugador que mete goles padrotes y bien mamalones. Por ellos, te haces famoso, te haces notar mucho, te haces inolvidable.

            Hubo policías y hartos chingadazos en la cancha de los multi familiares Juárez de la colonia Roma; ¡madrazos cabrones!

            Habían pasado escasos tres minutos de que el Tavo había metido un golazo. Se echó uno de escorpión que fue a dar a las redes luego de rematar un centro del Trompas; aunque el portero voló tratando de alcanzar la bola, nomás no pudo… ¡uta, qué gol inolvidable! Dicen que el Tavo, ya antes había hecho muchos igualitos.

            Ah, pero les decía… ¡hubo chingadazos… sí, neta!

            Desde el principio ya estaba la chota atrás de la portería. Era un juego entre el Roma, de acá de la Roma, contra el Palomas Ticas de la Buenos Aires. Pensamos que por la rivalidad entre estos dos, la Liga se vio obligada a contratar cuicos.

            Lo raro, es que la bronca fue de ambos equipos y ambas porras contra los polis… polis que luego del gol se lanzaron sobre el Tavo. Le metieron un chingo de macanazos en la cabezota, ¡que no mamen!, macanazo, jalón de greñas, arañazo a la cara, y el chingo de groserías. ¡Palabra, que ya hasta le querían poner esposas!, pero los 22 jugadores y sus suplentes, más los aguerridos porristas, aplicamos putazo y patada a la humanidad de seis panzones vestidos de autoridad; pusimos orden… ¡a huevo!

            Luego de un rato, la madriza a los representantes de la ley se detuvo, cuando uno de ellos nos gritaba que estaban cumpliendo con su trabajo, que eran la autoridad, que iban por un asesino y que no deberíamos interponernos o llamarían a los granaderos.

             Entonces nos tranquilizamos.

            Tenemos una pista para atrapar al homicida, nos explicaron los azules. Dijeron que se lanzaron sobre el Tavo porque pocos meten goles como los que mete él, y ésa, era la única pista sobre el asesino, los goles de escorpión.

            Uno de ellos nos mostró las órdenes de aprehensión y hasta un recorte de periódico con la noticia que se publicó tres años antes en un periódico amarillista.

SE BUSCA HOMICIDA GOLEADOR

Relatan los vecinos, que luego de un buen rato de improperios entre cónyuges, y la ironía con que la esposa, hoy occisa, le gritaba sus verdades al marido, desató la furia del presunto asesino futbolista.

-Nadie como tú, mi amor. Tan chingón mi maridito…

¡Eres un bueno para nada!, ¿¡o crees que porque te dan reconocimientos por tus goles de escorpión, ya vales mucho!? ¡tus goles no nos dan de tragar!, ¡inútil!

Acto seguido, escucharon golpes, gritos, tres balazos, y un cuerpo caer. El grupo de vecinas comadres chismosas, reportó que la difunta y el marido no eran gente indeseable ni incómoda, es más, eran tan silenciosos, que ni los vieron nunca.

            El Tavo se escapó; nadie vio para dónde.

                                                                      

 La cancha de la colonia Roma volvió a la normalidad.

            Pasaron dos meses con cinco días, y en las noticias de la televisión, en las de las diez de la noche, informaron que en el estado de Aguascalientes buscaban un esposo asesino, ¡pero asesino sádico!, de esos de película, porque hizo pedacitos a su canchanchana… ¡qué poca madre!

            No dieron información precisa. De perdida algo como proporcionar nombres, dirección, profesión, estatura, apodo; algo, chinga… pero no, nada. Sólo que yo de inmediato pensé en el Tavo, nomás porque vi un balón cerca de la difunta.

            El fin de semana siguiente, allá con los cuates del fut, les llegué con el chisme del noticiero de la tele, y se cagaron de risa cuando les dije que pensé en nuestro goleador.

            La neta, pos yo también terminé riendo de mi sospecha, pero algo en mi cabeza me decía que yo podía estar en lo cierto y me clavé en la idea. Busqué en el internet sobre los actuales feminicidios en México y encontré muchos, pero nada que me llevara al Tavo.

            Pasaron otros seis meses, y el 13 de septiembre anunciaron en la prensa sobre una nueva muertita, también echa pedazos a manos de su prófugo marido, un tal Eugenio Tomás Riva Pec.

No es el Tavo, me dije.

            Pero las reacciones en las calles fueron canijas. Hubo miles de mujeres que caminaron en protesta por avenidas importantes. Iban como tanques de guerra, destrozando furiosamente todo lo que pudieron; estaban heridas, marchaban rabiosas.

            Las redes se inundaron de noticias, de comentarios, de ideas: se sentía el miedo, el dolor y el encabronamiento; ya no sólo de las mujeres, sino de todos.

            ¡Y qué bueno que el pueblo en general se interesa! Nomás que creo que hay algo malo que sucede cuando todos hablamos de la misma noticia, creo que sucede algo bien raro, porque empiezas a saber de más asesinatos, ¿será que luego de tanto escuchar del tema, se te ocurre hacer lo mismo?, ¿será que las noticias de asesinatos despiertan asesinos?, ¿o acaso los polis ya se pusieron las pilas y andan cazando tantos criminales?

            Pues no sé, pero las historias de mujeres muertas estaban cada vez más en las noticias. Una de ellas que vi en la tele, denunciaba un nuevo descuartizamiento, y el asesino era también el compañero, el esposo de nombre Celso Iván Caltenco Leal, pero también huyó el desgraciado, y para mi decepción, el nombre no cuadraba con el que yo quería escuchar.

            Sólo que luego en las fotos del reporte, por cierto muy culeras y reveladoras, hubo una que me dejó  sin habla, sin aire y rete sorprendido. No por ver un cuerpo en pedacitos; fue un retrato que vi en una de las fotos… ¡Pu tí si ma madre!

Me quedé muy sorprendido, pero callé, tuve miedo.

                                                                     TERCERA PARTE

Pues volvió a correr el tiempo; pasaron meses, y nuevamente jugué muchos partidos más con mis amigos de la colonia Roma, ya nadie hablaba del Tavo ni de feminicidios.

            Luego otros tres años exactos, ¡mil noventa y cinco días! Y teníamos un buen partido nuevamente contra Las Palomas Ticas de la colonia Buenos Aires.

            Algunas cosas no cambian y volvimos a ganarles; esos valedores son nuestros clientes.

       Estaba yo quitándome mi uniforme y sacudiendo el lodo de mis zapatos cuando se me acercan Rubencio y Rulo para decirme que agarraron al Tavo y que lo encerraron en la cárcel de Santa Martha Acatitla. ¡En chinga fui a verlo!

            Para poder entrar, di mordidas, dejé unos billetes a algún poli en alguna puerta para que no me estuvieran culeando más y sabroseándose con mis nalgas esos pinches custodios, y finalmente llegué a un patio en que ya me esperaba el Tavo.

            ¡Quihubo pinche Diego!, me saludó alegre el muy cínico. Y yo, pos la neta se lo eché en cara: Te ves muy alegre, así como si nada pasara. Yo estaría rete mal, cagado de miedo y con la cola entre las patas.

 -No hay pedo, respondió el Tavo, -la ley dice: “Se impondrá hasta cinco años de prisión o de 180 a 360 días multa al que, estando unido con una persona en matrimonio no disuelto ni declarado nulo, contraiga otro matrimonio con las formalidades legales”.

Yo estaba casado con varias rucas a la vez y ese es mi delito. Con buena conducta salgo en un ratito. Y se echó una carcajadota que me enchinó la piel.
    Luego remató su cinismo contándome que una de sus esposas le descubrió que tenía muchos nombres y que estaba casado muchas veces en diferentes estados de la república.

            Charlamos un buen rato y le dejé unos billetes, cigarros y una torta de pierna adobada.

            Entonces me fui, y todo el camino estuve cavilando; queriendo tomar la decisión de hablar.

            Debía agarrar valor e informar lo que por accidente descubrí en esa noticia que pasaron hace más de tres años en televisión. En ese reportaje con fotos muy culeras y reveladoras, ése en que hubo una que me dejó sin habla, sin aire y rete sorprendido. No por ver un cuerpo en pedacitos; fue porque en el retrato de bodas de la muertita, vi que el esposo, era el Tavo.

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