Iniciamos una serie de capítulos del Libro «Zurdísimo» de Arturo y Edmundo Santamaría Gómez

La zurda en el Parque México, Distrito Federal, 1957
-¡Chuta con la derecha! ¿Cuál es la derecha? ¡Pues la otra! Ahí te va otra vez. ¿¡Otra vez con la zurda?! ¡Es que no puedo chutar con la derecha! ¿Cómo que no puedes? ¡No, no puedo, se me queda atorada y la otra pierna se jala solita cuando me avientas la pelota! Pues tienes que aprender a patear con la derecha! ¿Y por qué, si no puedo? ¡Qué no ves que todos comen con la derecha, así lo hace la gente decente! ¡Pero no estamos comiendo, sino jugando futbol! ¡A ver cómo le haces pero tienes que aprender a darle con la derecha si quieres jugar bien! ¡Pues no puedo y no quiero patear con la derecha, no se mueve, y la izquierda salta aunque mi cabeza le diga otra cosa!

Estadio de CU y el descubrimiento del América,
abril de 1958


Mi padre, quien aspiró a ser jugador profesional, era un gran aficionado al futbol. Muchas veces fui con él al Estadio Olímpico de la Ciudad de los Deportes, inaugurado en 1946, el cual después se llamó Azul, y al Estadio de Ciudad Universitaria, que abrió sus puertas en 1952. El Olímpico, como carecía de techo, azotaba a los aficionados con un sol impío en los juegos de mediodía. Para concederles sombra a algunos aficionados privilegiados su dueño colgó una enorme lona, pero me daba la impresión que en cualquier momento se caía.

Para nosotros era mucho más fácil trasladarnos al Olímpico porque nos quedaba relativamente cerca de casa. CU sí que estaba lejos. No obstante, el viaje a la UNAM, que me parecía una divertida excursión, lo gozaba enormemente porque me gustaba transitar por la Avenida Insurgentes y cruzar por el Parque de la Lama, el Parque Hundido y el de San Ángel, donde está el Monumento a Álvaro Obregón.

El día que descubrí el Estadio de Ciudad Universitaria, un domingo por la mañana, me impresionó mucho por su fachada de piedra volcánica, su tamaño y por los túneles de acceso que me hacían sentir que entraba a un lugar
misterioso. La mayoría de las veces sólo mi papá y yo íbamos al estadio, no sé por qué mis hermanos mayores no nos acompañaban o no los recuerdo. Lo cierto es que cada vez que nos acercábamos a la puerta de entrada me ponía muy nervioso porque los policías o inspectores revisaban los bolsillos de los adultos y mi padre siempre se negaba a que lo hicieran con él. Les decía que él no era un delincuente, que la revisión era anticonstitucional y muchas cosas más. Mi papá y los policías entraban en palabras, las subían de tono y, a veces aparecía, el jaloneo.

Lo cierto es que mi padre nunca lo permitió, pero esos desencuentros me angustiaban porque pensaba que podían golpearlo o detenerlo. Bueno, pues ese domingo a medio día, jugó el América contra otro equipo que no recuerdo. Quizá era el Necaxa, el club de los amores de mi padre. Él, seguramente apostaba por ese equipo porque la presa que le daba nombre al club estaba en Puebla o porque, cuando siendo muy joven, era la mejor oncena de México. Yo aún no tenía tatuado ningún color, ni mi padre, ni mis hermanos que también le iban a los electricistas, me habían adoctrinado en la fe a su equipo.

Pues ese día, me convertí en un fervoroso seguidor de los azul cremas, a quienes también les decían los millonarios, porque su propietario era Emilio Azcárraga Milmo, heredero de Televicentro, de quien se decía que era uno de los hombres más ricos de México (aunque no tanto como Enrique Espinoza Iglesias o Emilio Trouyet). No fue el juego del América, o la calidad de Lalo Palmer, su goleador, lo que me convirtió en fanático del club, sino el impacto letal de un histriónico borrachito que a partir del segundo tiempo, 9 ya con varias cervezas en su ánimo, se levantaba de su asiento una y otra vez para gritar: “Arriba el América y qué y qué y qué…”, para eso, el señor ya tenía la camisa desabotonada y el cabello alborotado.

Cuando echaba al viento su oración movía los brazos como aspas, y adelantaba el cuerpo como desafiando a los demás. Yo creo que estaba en medio de la porra del equipo contrario o rodeado de los aficionados equivocados porque la mayoría lo abucheaba y le gritaba leperadas. Lo cierto es que su imagen, entre histriónica y heroica me impresionó tanto, que al regresar a casa, mi tío Edmundo quien visitaba a mi padre, me preguntó ¿a quién le vas?, dudé unos segundos porque no sabía todavía que en el futbol nadie puede carecer de unos colores, pero como una iluminación me llegó la figura bravía del borrachito enfrentándose a una multitud y le respondí: – ¡al América!, -¿cómo al América, si tu papá le va al Necaxa?- sí, pero yo le voy al América. Gracias a un amante de la cerveza mi equipo es el América.

Y así fue por siempre. Aún me sorprendo, pero a los seis años de edad mi pasión por los azulcremas era desbordada y dogmática. En los partidos nocturnos, que aun no se le televisaban, me pegaba a la radio para escuchar de 8.30 a 10.15 de la noche los lances de Manuel Camacho, los despejes del capitán Juan Bosco o del Gato Lemus, y los piques, recortes y centros del Pepín González.

Pero de todas las alineaciones americanistas que provocaban mis alegrías y tristezas infantiles, la que encabezaba José Alves, Zague, acompañado de Ney Blanco, Moacyr y Vavá, otros tres cracks brasileños, con Walter Ormeño, peruano, y luego el argentino Ataulfo Sánchez en la puerta, así como los mexicanos Pedro Nájera, “el 7 Pulmones”, Alfonso “el Pescado” Portugal, 10 y el “Perro” Cuenca, entre otros, fue la más grande de todas. Yo quería ser, al igual que miles de niños americanistas, como Zague el “Lobo Solitario”, el mejor anotador crema entre 1963 y 1967. Zague tenía una gran zancada, y aunque parecía por la forma de correr, que se tropezaba todo el tiempo, era muy difícil que lo alcanzaran. Lo que más me gustaba de él era su elegancia para cabecear y su efectividad para sacudir las redes, a diferencia de su hijo Zaguiño, quien veinte años después de su padre, también con el América, metía muchos goles pero no sabía testerear.


A mis ídolos infantiles los pude saludar de mano y el corazón agitado en la cancha de CU al terminar el primer tiempo de un encuentro con el Guadalajara en 1964, cuando invitaron a jugar a nuestro equipo el Internacional contra las fuerzas inferiores del América durante los quince minutos del intermedio. Y lo volveríamos hacer en dos o tres ocasiones más. Esos quince minutos con el estadio de CU a reventar provocaban que mi estómago, corazón y cerebro se inquietaran desde la noche anterior.

La multitud hacía que me perdiera en la cancha, no me ubicaba bien, sólo veía gente por todos lados y no me
podía concentrar en el balón. Aun así, me quedaba la enorme satisfacción de jugar en el mejor estadio de México y ver de cerca a los más grandes jugadores del país. Recuerdo cuando por primera vez vi de cerca al Chololo Díaz, quien a pesar de ser chiva, el acérrimo rival, le tenía una gran admiración. Su clase era majestuosa, y me encantaba que usara unos pantaloncillos extragrandes. Imitándolo involuntariamente yo usaba unos que mi tío Mundo me había dado y que me quedaban muy holgados. Me creía un pequeño Chololo.

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