Del Libro «Zurdísimo» de Arturo Santamaría Gómez, un capítulo del futbol infantil que se vive en la clásica «cascarita»

Jugar en el Parque México y en las calles de la Colonia Roma era muy divertido, pero festivamente anárquico. La única regla que contaba era el faul descarado: una mano o una zancadilla cínica, no más. Jugar en la cancha, con botines, uniforme, balón reglamentario y árbitro, era muy divertido pero sabíamos que había normas y tiempos definidos. Había formidables futbolistas callejeros que podían hacer dos túneles seguidos, levantar la pelota para un sombrerito y patear de aire para meterla con violencia, pero en la cancha se extraviaban.

La anarquía les sentaba bien, pero el juego reglamentado era un castigo para ellos. Mi hermano me había visto jugar en el parque y eso lo convenció de llevarme a un equipo. Él ya sabía quién podía jugar en una cancha porque tenía varios años de hacerlo. Lo recuerdo, recargado sobre uno de los pilares del redondel, observando nuestros fragorosos encuentros en el escenario de tierra del Parque México contra Abraham Weiss, Sami Shulberg, Nathan Cohen y Alberto Baigarten, reforzados por Aurelio y Nicolás Iniesta. Los cuatro primeros iban al Colegio Israelita, los otros dos niños eran españoles y nunca dejaban de combatir con la casaca roja y el pantaloncillo azul marino de la selección de su país.

Al menos durante las vacaciones veraniegas de 1962 y 1963, día a día disputábamos fieramente tres o cuatro partidos entre las nueve de la mañana y la una de la tarde, y vespertinamente de tres a siete, sólo interrumpidos por los choques con la “retadora”; es decir, el tercer o cuarto equipo que sustituía a los perdedores.

Nuestra sexteta estaba formada por el Gordo Miguel, Luis Espinoza, Miguel Ambía, mi primo, Luis Posadas, alias el Chihuahua, el Negro Manuel en la portería, y yo, a quien el Gordo me decía el Enano porque él era enorme. A los trece años ya medía uno ochenta. En gran medida porque teníamos en nuestras filas a un gigante con una pierna derecha que disparaba bazukazos, pero también porque Luis, el Chihuahua y Miguel la sobaban fino y lindo, y yo no desentonaban con ellos, sin olvidar que el Negro era un felino por tierra, aunque por arriba de repente nos hacía
temblar, pocos rivales nos hacían morder el polvo.

Una ventaja que teníamos sobre Abraham, Jimy, Nat, Alberto, Aurelio y Nicolás es que nosotros éramos muy vagos. No
temíamos rasparnos las rodillas en la cancha de tierra y luego de cemento, ni tirarnos una palomita o barrernos en el duro pavimento, mientras que ellos no eran tan arrojados. Cuidaban más sus piernas y ropas. Su imagen, salvo la de Alberto al que le importaba un bledo llenarse de polvo o costras, era igual a la de las bellas casas y condominios donde vivían: impecable, sin mácula.

Quizá mi memoria sea abusivamente selectiva pero creo que a lo largo de esos dos veranos sólo nos ganaron, antes
de que los reforzaran, uno o dos juegos. Abraham, quien era el líder de ellos, una vez nos dijo fastidiado, que nos los dejábamos pasar una, pero nos amenazaba:

-Voy a invitar a mi primo Israel para que vean lo que es bueno. Israel vivía en Polanco y no podía ir todos los días a la Condesa para enfrentarnos, pero un sábado por la mañana sí lo hizo. Israel en verdad que era bueno: muy rápido y fuerte. De mente ágil y gran dribling, pero sobre todo con un tiro muy potente. A él no le importaba rasparse las espinillas ni tirarse una media chilena en el concreto. Además era buen mozo y las niñas del Colegio Israelita y del Monte Sinaí que nunca iban a ver los partidos, esa vez sí fueron. Con semejante refuerzo y los bellos estímulos de las chicas, Abraham y sus colegas, apuntalados por Israel, nos ganaron dos veces seguidas. Esas derrotas nunca se nos olvidaron.

Y las impúberas tampoco, como la hermana de Abraham. A ella, una vez la vimos nada más en calzones y sus
manos cubriendo sus incipientes senos. Luis, Alberto Baigarten y yo entramos de súbito al enorme departamento de nuestro amigo que estaba enfrente del Parque México, y de repente nos topamos con la niña, quien de inmediato se cubrió y le reclamó a su hermano:


-¡Abraham tus amigos me vieron desnuda -lo que no era cierto del todo- todavía Alberto, pero ellos…!
Luis y yo nunca supimos porque la bella chica hizo tal enigmática distinción, pero no nos importó porque su estampa valía más que cualquier palabra.

Israel, a pesar de los coqueteos de las niñas, no era nada arrogante y les dijo a sus amigos: “¡Ya ven que sí les podíamos ganar. Sólo faltaba que se rasparan más las rodillas!”
Esas disputas y las que sosteníamos en términos más parejos con la pandilla de los que llamábamos “los del parque”, mayores que nosotros y quienes nos superaban en picardía, estatura y peso, fueron las batallas que nos prepararon para las canchas del Internacional. Porque la sexteta entera ingresó al inolvidable club de Don Polo.


Los chavos, quienes eran en promedio dos o tres años más que nosotros, a lo que llamábamos “los del parque”, no tenían la suerte de ir a la escuela como nosotros o Abraham y sus amigos, porque trabajaban o no hacían nada, como el Jarocho, que vivía entre las matas que servían como techos de los corredores que circundaban el redondel del teatro al aire libre. Uno de ellos, el Pecas, quien trabajaba cargando canastas a las marchantas que compraban en el mercado de Medellín, de la vecina Colonia Roma; quien por cierto, caminaba desgarbado y de puntitas porque seguramente tenía los pies planos, era un ser enigmático pero de rápido aprendizaje. Un día llegó al parque y alguien lo invitó a jugar.

Aceptó de inmediato y caminó a la cancha como si fuera Chava Reyes, el jugador estrella de las Chivas;
pero a la primera bola que le llegó la abanicó, y la segunda y la tercera también. No tenía ni la menor idea de lo que era el futbol. Todos nos reímos, pero él ni se inmutó. Lo sorprendente es que semanas después ya sabía pisarla y disparar con las dos piernas. No sabíamos quién era su maestro, pero el Pecas ya era otro con la pelota. Una sorpresa mayor fue cuando lo escuché hablar con entusiasmo de un libro que traía en la mano. No sé si era un buen lector y si iba a la escuela, pero lo cierto es que fue de su boca que escuché por primera vez el nombre de García Márquez.

El Pecas estaba leyendo Cien años de soledad, el libro tan sólo tenía un mes de haberse publicado. Bueno, eso me dijo él. Como yo subestimaba a los chavos del parque, no le quise preguntar de inmediato cómo había llegado ese libro a
sus ojos. Yo no sabía quién era García Márquez y le pregunté a mi maestro de literatura, a quien le decíamos El Galano porque con él leíamos El Galano Arte de Leer, qué había escrito ese señor y de dónde era. Me mencionó el mismo libro de moda, quizá algún otro, y me dijo que era colombiano. Con esos datos en la mano, me acerqué al Pecas para preguntarle que si sabía que el escritor que leía era de Aracatá, Colombia.

– Sí, claro, eso lo supe antes que supiera que se dedica a escribir porque somos vecinos en la Roma. Cuando su esposa va a al mercado de Medellín -cuando pueden porque casi nunca tienen dinero y te comento, nada más aquí entre nos: ni la renta pueden pagaryo les cargo la bolsa del mandado aunque no me den nada.

Con las puras pláticas de don Gabo me doy por satisfecho. Algo le debió remover la novela de García Márquez al Pecas
porque de repente empezó a hacer jugadas de fantasía con la pelota, y nos pedía que le dijéramos Melquiades o Mauricio Babilonia. Aunque, puede ser que la fantasía se la produjera la mota, porque el Pecas como a la mayoría de la pandilla del parque, les gustaba la yerba a todas horas. Poco después dejé de frecuentar el Parque México y sólo de
repente veía al Pecas cargando bolsas del mandado por la calles de Coahuila o Campeche. Y con un libro bajo el brazo.

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