De la serie «Cuentos Futboleros» de Edmundo Santamaría Gómez

Por instrucción de los doctores, todos los días tomo un chingo de medicinas. Estoy enfermo y mi madre asegura que es una de la herencias culeras por parte de mi padre, Herencia Contreras, dice. Mi papá responde que esa chingadera me viene de los Rubio, raza de ella, de mi jefecita.

Dicen que cuando nací, el doctor me dejó mucho tiempo dentro del vientre de mi má, y me faltó el oxígeno, que ésa es la razón de mi enfermedad.

Pero por Dios que no me siento mal, es lo contrario, me siento bien, incluso favorecido, ¡y ya no quiero tomar esos pinches medicamentos que me duermen!, ¡es chido estar despierto, bien al tiro y libre, jugando futbol!

No obstante que cuando lo practico no soy totalmente yo, o no soy yo nada más quien decide qué hacer, cómo chutar o a quién pasar el balón. A veces siento que hay alguien dentro de mí que dispone y ordena en mi cuerpo al mismo tiempo que mi mente, como si hubiera más de dos ojos y voluntades sumadas, ¿será posible?, tal ves dos, seamos yo ; hay otro cabrón dentro de mí.

Todo el tiempo tengo marcaje personal; no me dejan, ¡me siguen por todos lados sin descansar!

Aún así, anoto muchos goles, y sólo sé cómo los hice ya después de haberlo lograda; hago la jugada y luego razono, es decir, primero actúo y luego pienso; disparo y después apunto.

Cuando desayuno, como, y ceno. Cuando camino. Cuando me baño, e incluso cuando voy a dormir ¡y dormido!, en todos lados imagino jugadones, pases excelentes, tiros potentes y chanfleados, goles maravillosos, sin que me frene este constante marcaje personal; visualizo constantemente el disparo a gol, lo corrijo y mejoro. Lo hago cada vez con mayor gusto y esmero, pienso tanto fútbol que cada parte de mi cuerpo tiene jugadas pasadas y repasadas, las he practicado mil veces, las conozco a la perfección. Guardo vívidamente pases y goles que viajan por mi mente y por mis venas hasta cada rincón de mi ser… soy un privilegiado, soy un artista del futbol. Trato bien el balón, soy dueño de la alegría y magia de un brasileño; poseo la garra, potencia y picardía de un argentino; la disciplina de un alemán; la arrogancia y seguridad de un inglés; la fuerza de un noruego, más la agilidad de un negro africano.

Anoté un gol desde media cancha sin saber que el portero contrario estaba adelantado. Mis piernas por su propia voluntad decidieron patear con fuerza el balón. Después yo mismo me sorprendí; actué y luego ya vi al portero dejándome toda la portería libre; recurrí a mis practicas fútbol-mentales y burlé una vez más a ese firme guardián de mi persona.

Otro gol que hice fue estando entre muchas piernas contrarias. Moví el balón para un lado y para otro, eliminando rivales. Retorciendo mi cintura amagué a los contrincantes, mi atrevido pie izquierdo, sin esperar mis órdenes disparó justo al ángulo contrario, el único lugar limpio de adversarios que yo no había notado, pero mi otro yo sí.

Ha sido tan grande mi desempeño en las canchas que hicieron de mi marcación personal una especialidad, y sin importar qué equipo sea mi rival, mi cuidador es siempre el mismo.

No tengo dudas, soy un crack, un goleador… pero hay algo que me amarga el sabor de la gloria: no tengo reconocimiento absoluto, no aceptan que soy un nuevo rey a la altura de Pelé, Maradona o Messi. Son incapaces de entender que a pesar de mi camisa de fuerza soy el mejor; mi esquizofrenia los turba.


Por admin

Deja un comentario