Por Edmundo Santamaría Gómez

Serie «Cuentos Fútboleros»

Cuando veo los juegos de fútbol de primera división y descubro un pésimo planteamiento, pero aún así ganan o dan un buen partido, sólo me viene una idea que aclare esa situación: jugaron muy motivados.

Entonces recuerdo a un entrenador que tuvo el América y que también manejó a la Selección Mexicana al lado del gran Nacho Trelles: hablo del Conejo Scopelli.

Nunca lo vi dirigiendo un equipo, ya lo conocí en su retiro, pero cuando jugué en las reservas de las Águilas, él entraba a los vestidores y mientras nos preparábamos, nos contaba historias de diferentes personajes del fut, nos hacía escucharle una y otra y otra leyenda de las canchas. Nos metía en ambiente, era como calistenia mental, sabía hacerlo, era un maestro, un gran cuenta cuentos con acento argentino.

–Me decían Brujo en Europa, mis jugadores entraban agotados a los vestuarios luego del primer tiempo. Después regresaban como nuevos a la cancha– Les ponía oxígeno, nos contaba, y una sonrisa muy pícara de satisfacción nacía en su rostro. 

–Tuve un jugador que era un espectáculo y hacía gozar incluso a los contrarios. Bajaba el balón con el culo; lo hacía perfectamente.

También recuerdo cuando el señor Scopelli alzó la frente orgullosamente, se plantó frente a todos los jugadores y nos habló muy serio: – Este es un juego de hombres y los hombres somos honestos, honrados, limpios.

Una vez, el árbitro marcó injustamente un penal en nuestro favor. Tomé la pelota para cobrar el castigo y la eché fuera. Fui muy criticado, pero dejé muy en claro que el Conejo Scopelli es un hombre de una sola pieza… de oro.

¡Muchas historias más… muchas más nos contó!

Fue un gran motivador.

¿Saben? Se paraba junto a la puerta de salida a la cancha y cuando yo la cruzaba, me decía al oído: –El equipo depende de ti.

Uyu yui, me daba fuerza, me cargaba la pila, me hacía sentir importante. Entonces me surgía el valor, el empuje, la motivación al máximo.
Así a la siguiente semana, al siguiente juego. Siempre al oído, y yo, siempre muy estimulado.

Quizá me hizo esa recomendación cinco encuentros, y siempre correspondí jugando con mucho entusiasmo y como si me hubiera aplicado ese oxígeno por el que lo creyeron brujo. Les digo, el Conejo Scopelli era un mago, un hechicero y bastaba que dijera poco para convertir a sus pibes, en futbolistas comprometidos de verdad.

Ese sortilegio de cinco palabras, ya había echado raíces en mí. Brotó una planta y dio frutos. Yo ya era una pieza fuerte e importante del grupo, nada me debilitaría, nada, incluso ni lo que luego le escuché al mismo creador de mi confianza.
Domingo en los vestidores. Todos emocionados calentando, dando gritos de ánimo. En la cancha ya nos esperaba el Cruz Azul. El primer jugador de mi escuadra va a salir y el Conejo lo detiene del brazo para decirle algo al oído. Me detengo, veo algo sospechoso, quiero a ver si lo repite, quiero leer sus labios porque al primer compañero que salió a la cancha, no alcancé a escuchar qué le dijo. ¡Sorpresa! a todos, uno a uno les repitió la misma frase que siempre me dijo a mí: “El equipo depende de ti”

¡Con razón éramos un equipazo incansable, guerrero! Además rete buenos.

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