Del Libro «Zurdísimo» de Arturo Santamaría Gómez, un capitulo futbolero más

No sé cómo le hizo, pero mi hermano Mau consiguió dos boletos para un partido entre el Necaxa y el Santos, de Brasil, que resultó histórico porque el equipo mexicano salió victorioso 4 a 3. Fue un hazaña lograrlo porque con el equipo carioca venía Pelé, el mejor jugador del mundo desde 1958 cuando se celebró la Copa Jules Rimet en Suecia. Mi hermano me concedió el privilegio y gozo de llevarme con él.

No recuerdo nada de lo que sucedió en la cancha, pero sí la enorme algarabía de la afición, en un estadio repleto, al festejar el triunfo de los electricistas sobre el Santos. Mau estaba alegre como pocas veces lo había visto porque su equipo se había impuesto a la que se consideraba la mejor escuadra del planeta.


Mi hermano no se quiso perder ni un sólo minuto de juego y permanecimos hasta el final, como la inmensa mayoría del público. Las colas para salir del estadio se hicieron lentas e inmensas, así que cuando estuvimos fuera del coso y quisimos abordar el autobús CU-Bellas Artes, el cual nos dejaba a una cuadra de casa, ya fue imposible. Nos vimos obligados a caminar 18 porque no ajustábamos el dinero para un taxi. Mau pensó que todavía podíamos alcanzar el tranvía que partía de Mixcoac y llegaba por Extremadura a Insurgentes, donde está el Puerto de Liverpool. No sé cuántos kilómetros se recorren de CU a esa esquina pero a los 8 años me parecieron interminables.

Cerca de las doce de la noche por fin nos aproximamos a la deseada esquina cuando faltándonos menos de 100 metros vimos que el tranvía cruzaba Insurgentes y se alejaba irremediablemente. Gritamos para que se parara pero el conductor no nos escuchó.


El sereno que rondaba por ahí nos dijo que ese tren era él último del día y que el próximo pasaba a las 5 de la mañana.
Yo casi lloro, y mi hermano siempre solidario me dijo- “No te preocupes, yo te cargo”, y me levantó sobre sus espaldas. Acepté, pero obviamente, cinco o seis cuadras después me pidió que me bajara para descansar un poco y proseguir. Yo había sido poco comprensivo y nada aguantador por haber aceptado que mi hermano me aupara, pero su fatiga despertó mi lucidez y coraje para continuar sobre mis propias piernas. Cerca de la una de la mañana, llegando a Insurgentes y Viaducto, nos vio un piadoso taxista y nos preguntó que a dónde íbamos. Mi hermano le respondió que a Manzanillo y Nayarit, y que ya estábamos muy cerca.

¿Cuánto traen?- interrogó el ruletero.

-Uno cincuenta.
-Súbanse, los llevo.
Sentí que el Llanero Solitario nos salvaba de morir de cansancio en el desierto. Llegamos finalmente a casa, y mi abuelita Maclovita con cara de angustia nos dijo -¿Dónde andaban?, que ya estaba muy preocupada, pero gracias a Dios que ya están aquí. Le dimos un beso a nuestra abuela y nos fuimos a acostar. Nuestros progenitores no estaban porque mi padre estaba trabajando en Mexicali.



Esa noche dormí como lirón, pero muchos años después, quizá después de los 50, empecé a tener una especie de pesadillas. La más recurrente es una imagen en la que mi hermano Mau y yo, o a veces mi primo Raúl y yo porque la misma aventura me sucedió con él, intentamos tomar el camión CU-Bellas Artes una y otra vez, pero éste se pasa de largo, y entonces empezamos a descender sobre la Avenida Insurgentes y al cruzar con Avenida Universidad veo que todo se hace oscuro e infinito. A veces se aparecen, algo que nunca sucedió en la realidad, unos chavos de la calle que se acercan, nos rodean y nos quitan el dinero del pasaje.


Ese mal sueño sigue apareciendo con mucha frecuencia, sobre todo cuando me zampo unos frijoles de más por las noches

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