De la colección de cuentos futboleros de Edmundo Santamaría Gómez

El Ratón Santamaría, ha jugado fútbol 54 años y, con esa experiencia sostiene siempre, que ese deporte no es simplemente correr con un balón. En él, el propósito es meter gol para ganar, pero…

Este señor roedor, dice que debemos entender que es necesario que además de la técnica con la pelota y el acondicionamiento físico de cada jugador, se practiquen otras disciplinas.

Cree que es obligación de los entrenadores, un buen uso del lenguaje, sobre todo el de quienes dirigen equipos en ciernes y capacitan niños. ¿Por qué no hacerles saber, a los chavalitos, que las palabras tienen distintos significados, según sea el medio en que se usen?, ¡existen frases con un significado único y exclusivo del deporte!

Cuando él se inició como jugador, tenía cierta experiencia con la pelota, ya la movía más o menos bien y sabía correr y driblar; por ello su hermano Ratonsote habrá creído que ya estaba listo para formar parte de una oncena de escuincles que enfrentara otra y lo inscribió en un equipo.

Nadie sabe de dónde habrá tomado la idea de que el Ratón sería un buen defensa lateral derecho y ahí lo puso.

El juego inició, y de poco en poco la alegría de Santamaría por jugar, se fue transformando en nervios e inseguridad. Entre alaridos, escuchó tanta frase loca, absurda e incomprensible; gritos que pretendían conducirlo frente a los rivales:

–¡Mátala con el pecho!

            –¡Duérmela!

–¡Defiende tus colores!

–¡Triangula!

–¡Hazla chiquita!

Pfff… ¡qué era todo eso!

Pero lo que le reventó el cerebro, fue una palabra que su hermano le gritó dos veces al tiempo y que pudo terminar con su ánimo futbolero por obedecerla.

Al ver que los niños contrarios corrían amenazantes contra los del Ratoncito, Ratonsote, su hermano, se desgañitaba desesperado, manoteando, con mirada de loco. Desde su pecho, pasándole por el cuello que parecía reventar, salió una frase que explotó en su boca:

–¡Ábrete!

–¡Ábrete!

El Ratón Santamaría, queriendo entender las indicaciones, clavó sus ojitos en los de su hermano, suplicando explicación,  pero la respuesta fue la misma:

–¡Ábrete!

–¡Ábrete!

 Entonces, extendió sus pequeños brazos y piernas de cinco años, para quedar en pose de dibujo de D’ Vinci, como El Hombre Vitruvio.

Ratón se estiró lo más que pudo , les metieron gol, ¡perdieron!; pero ganaron risas.

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