Durante esta semana iniciará la aplicación de vacunas contra COVID19 en México para las edades de 18 años a 29 años. Algunos habitantes correspondientes a este grupo de edad han reaccionado con cierta reserva o cuestionamientos que fomentan confusión, desinformación o incluso provocan desistencia para recibir la vacuna en gran parte del mundo.

Es importante entender que cada cierto tiempo es completamente normal que aparezcan nuevas enfermedades infecciosas o que las ya existentes se vuelvan más difíciles de tratar generando pandemias; esto debido a la compleja y constante mutación viral presente en muchos agentes, así como la resistencia a tratamientos antibióticos por el uso indiscriminado, injustificado o automedicado de los mismos.

A pesar de vivir ante esa posibilidad o riesgo, los avances científicos y tecnológicos han permitido la incorporación de esquemas de vacunación a los diferentes sistemas de salud a nivel mundial. Esa es la razón por la cual enfermedades como la viruela, poliemielitis, sarampión, tuberculosis etc., actualmente quedan descritas en casos atípicos en donde pocos culminan con la muerte de los afectados. En la mayoría de los casos ocurre detección oportuna, tratamiento adecuado con una importante disminución en la severidad o presentación de la enfermedad adicionando además su respectivo cerco epidemiológico para evitar la posible propagación.

Aplicar vacunas evita que presentemos enfermedades en sus modalidades severas o graves a pesar de que sigan existiendo contagios. La vacunación debe ser vista como un privilegio científico independiente a la enfermedad de la que nos busque proteger, nunca representan una cura a enfermedades ya que no son propiamente tratamientos; pero si son clave para el proceso de erradicación o control. Las reacciones adversas son mínimas y transitorias a comparación de los alcances graves de cualquier enfermedad.

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