Aunque en la época actual este título es catalogado como sexista, en aquella época, la intensión era denotar que el futbol es un deporte de contacto y requiere de mucha valentía, pasión y entrega. De la serie de cuentos futboleros del libro «Zurdísimo» de Arturo Santamaría Gómez, presentamos este capítulo del futbol llanero, el «de a deveras».

-A ver sangre de atole, repita la jugada. Entre de frente, no dé la espalda. Nos decía en los entrenamientos. Y teníamos que repetir una y otra vez la jugada hasta que no cerráramos los ojos y no diéramos la espalda al que despejaba la pelota.

-Este juego es de hombres y nadie da la espalda, ni a la pelota ni a los amigos.
Cuando teníamos 10 u 11 años nos exigía girar alrededor del campo 8 veces antes de cualquier otro ejercicio. Quizá recorríamos de 2,300 a 2,400 metros a buen trote. Después lagartijas, sentadillas, abdominales, saltos de coordinación, y luego practicar con el balón, duro y pesado, máxime cuando se alimentaba de agua y lodo en las temporadas de lluvias.


Entrenar y jugar en las canchas encharcadas y lodosas eran como prepararse en un pantano para la guerra en la jungla.
El despeje del portero a duras penas salía del área grande.
Corríamos con enormes plastas de lodo en los botines como si actuáramos a cámara lenta para una película. Nos caíamos una y otra vez en los charcos o patinábamos en el fango. Cuando concluía el juego, nuestros uniformes, piernas, brazos y rostros lucían costras de tierra. Pero todos satisfechos del esfuerzo. Y nos reíamos de nosotros porque nos habíamos convertido en ídolos ixtacalquenses de barro, felices.


Por supuesto, Don Polo no había leído a Norbert Elías porque su obra, El deporte y ocio en el Proceso de Civilización, aparecería décadas después, pero el futbol era para él, sí una pasión, pero quizá pensaba intuitivamente, también es, nos recuerda Elías, forjadora de niños, y hombres, luchadores, disciplinados, cabales, solidarios con sus coequiperos, viriles, decían los ingleses de mediados del siglo XIX. A Don Polo no le gustaban los sangre de atole, quería que nuestro rostro fuera sanguíneo de esfuerzo y lucha, de entrega; y es que él era así.

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