Del libro «Zurdísimo» de Arturo y Edmundo Santamaría Gómez, presentamos este capítulo y les damos la bienvenida a nuestros nuevoa columnistas.

¿Será que en todo se hace trampa? Parece el pan nuestro de todos los días, ¿Verdad? Se tienden celadas en cada paso, en cada lugar, trámite, examen, relación y en todo, que terrible, claro, el fútbol no es la excepción.

He visto de todo tipo de maquinaciones truculentas en las canchas y nadie se avergüenza de cometerlas, al contrario, hay orgullo, y se presume de lo bien que se aplicaron. A ellos, a los tramposos se les considera como «colmilludos», maestros de la maña y de atributos propios del buen futbolista… ¡Jijo!

La buena educación de casa y escolar en los futbolistas es baja, o al menos así era en mis tiempos, es decir, que un porcentaje grande de jugadores que trataban bien la pelota, eran vagos y desarrollaron sus habidades en la calle… Largas horas de calle, las consecuencias se evidenciaban en la conducta y desempeño de cada juego.

Cuando fui chavalo, jugué bien un tiempo y fui a dar a las reservas de un conjunto profesional, en él, la competencia por un puesto titular ya era algo serio y las exigencias eran fuertes. Ahí viví de cerca la primera trampa asquerosa, un acto alevoso por parte de un amigo, que para obtener un lugar en el cuadro titular, le rompió la pierna a un jugador que tenía ganado el puesto. La Idea se la dio uno del primer equipo, ¿se dan cuenta del nivel de pensamiento, de honestidad? ¿Notan la sangre fría, la desvergüenza?

Hay otro nivel de engaños. Recuerdo las estrategias de un entrenador que tuve en mi infancia. En muchas ocasiones, cuando el pensaban que nos convenía que finalizara el juego, mandaba a alguno del grupo a derrumbar las porterías ¡y eso era trampa!

Uy, me vienen a la mente muchas marrullerías, pero pocas como la que hicimos en el torneo de los barrios, que organizaba un periódico del país. Teníamos dos extremos rete buenos, el siete por el lado izquierdo, y el once por el lado derecho.

Ambos quedaron registrados para participar en la competencia, que se celebraría entre semana, de lunes a viernes, sólo que lamentablemente uno de ellos no podía asistir a todos los encuentros, pues el trabajo se lo impedía.

Los once que entrábamos a pelear el balón lo haciamos bien, fuimos avanzando en la competencia y eliminando rivales que cada vez estaban más canijos. Al mismo tiempo, otros equipos iban quitando a otras escuadras y se acercaba el día de poner frente a frente a los más fuertes y así nos llegó nuestro turno, nos venía un encontronazo. La fecha nos llegó puntualmente y el agarrón se puso bueno: uno a uno al finalizar la primera parte y dos a dos ya para el minuto 80. Jugaba nuestro extremo derecho, nomás el, pues el izquierdo nos advirtió que llegaría tarde. Desde luego éramos once, no vayan a pensar que diez.

Los dos equipos ya arrastraban los pies porque la batalla estaba tremenda, pero que llega nuestro extremo, le decíamos Cuate, porque él y otro extremo eran gemelos idénticos. Ya se imaginarán lo que hicimos, el cuate derecho fingió una lesión y lo sacamos cargando para simular atenderlo con spray, masaje y pomadas, pero cuando el árbitro se distrajo y los contrarios también, ¡Hicimos magia! Se cambiaron los uniformes entre ellos, se levantó nuestro jugador y entró nuevamente, pero con renovados bríos, fresco como lechuga, metió gol y pasamos a la segunda ronda. ¿Ven? Hartas trampas. No me gustan, no me gustan, pero bien que me emocioné al contar lo que hicimos, ¡que vergüenza!

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